Tormenta

Lo peor del verano eran las tormentas.

Y las conversaciones que sobre ellas se producían a cubierto. Los atravesados por rayos, muertos o no, dependiendo de si la chispa tocó el corazón del traspasado, o el fenómeno salió por alguna extremidad, o tal vez se quedó dentro produciendo una horrible muerte, teñida de tonos azules y violáceos. Rayos que por la chimenea se metían en la casa, del pueblo o de labor y que no paraban hasta que no conseguían salir de nuevo o encontraban un cuerpo al que electrocutar, dotándole a una corriente eléctrica de capacidades cognitivas. Consejos, no corras que atraes la chispa; no toques hierro o serás fulminado; no te refugies bajo un árbol; rézale a Santa Bárbara (“Santa Bárbara bendita,/que en el cielo estás escrita/con papel y agua bendita./En el ara de la Cruz,/Pater noster, amén Jesús”). Las mujeres dejaban de coser, los hombres dejaban de trabajar y los niños de jugar; a cada desgarrador trueno una rápida salmodia, una persignación y un suspiro.

La luz se iba siempre que había tormenta dejando la noche oscura y terrorífica solo iluminada por los rayos desgarrados en la calle y por mortecinas velas en las casas. Y de nuevo historias truculentas. Mi madre afirmaba que quien no temía a una tormenta no temía a nada. Debo ser el ser más temeroso del orbe, pues le tenía miedo cerval a las nubes.

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