Tren

Mi conocimiento de las drogas, incluso el significado de la palabra era nulo. Sabía que era algo malo, muy malo, más no alcanzaba a colegir que. Imaginaba una especie de hecatombe, de masacre por la que todos los valencianos y los que vivían en esa tierra serían muertos en un plazo relativamente corto en una suerte de sangriento aquelarre; una matanza morbosa como la que recetaba mi abuela a los bichos de corral. Esta noticia estropeó mis dos últimas semanas en el pueblo. Todas las noches pesadillas, a cual más truculenta; preocupación durante todo el día ante la certeza de que iban a matar a mi familia sin poder hacer nada para evitarlo. Un pobre huérfano como los de esos truculentos cuentos troquelados que me compraban en la calle del Charco.

El día del viaje no sé cómo llegamos mi abuela, yo y las maletas a aparecer en un tren listo para la marcha en Socuéllamos (tele-transporte mediante otra vez, supongo), un expreso. Nos acompañaba un a modo de bocadillo hecho con un pan de kilo abierto como un sándwich, lleno de chorizos y atado con un bramante. Interminable me pareció el viaje. El tren paraba en todas y cada una de las estaciones, incrustadas en la pared, recuerdo ver unas placas que señalaban la altura sobre el nivel medio del Mediterráneo en Alicante. Aguadores, cargados con botijos y atentos a cuando el tren paraba, ofreciendo agua a grito pelado a los viajeros a tanto el trago. Había también trabajadores con mono azul armados con martillos de inmensos astiles golpeando, parecía, en las ruedas del tren. Guardias civiles con el tricornio forrado de verde y un pañuelo atrás, como el de los quepis de Beau Geste. Vendedores de bocadillos que los llevaban en unas inmensas canastas sobre el hombro, también voceando la mercancía. En cada estación era lo mismo y todas con su broncínea placa señalando la altura.

Una vez llegados a la estación del Norte en Valencia, cogimos un taxi que nos llevó a la estación de autobuses donde nos montamos en un ómnibus hacia el Puig, donde nos recibió (viva afortunadamente) mi familia. La alegría de encontrarlos de una pieza fue superada por la visión del piso donde viviríamos los próximos años. Tenía bañera y un tresillo y el sofá y los sillones se hacían cama. Fuera olía a sal y a azahar.

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Las cinco entradas en PDF,  por si gustais, lo he titulado:  «A por el mar»

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