Tres estados: autocompasión

Parafraseando a Kieslowski y alejándome del tono común de este sitio, pretendo describir, empíricamente, tres estados por lo que pasé hace tiempo. Para ello rescato y hermoseo textos de antediluvianas entradas enterradas en anécdotas.

La estancia es una cocina de una casa de campo en un otero, «La cabeza del fraile». Al principio no resulta muy acogedora. Una vez comidos, la pesada digestión y el luminoso fuego que arde quedamente transmiten cierta comodidad, relajo más bien. El crepitar de los sarmientos y el leve sonido de la combustión de las cepas propicia la conversación, incluso la confesión.

Water drops

Fuera principia a llover, otra vez, con energía. La tierra harta ya de agua ese invierno, es incapaz de absorber la que le cae quedando todo encharcado en pocos minutos. La conversación discurre por vericuetos cada vez más profundos, existenciales, conforme cae la tarde. En este punto afirmo:

— La autocompasión es el estado perfecto para un dependiente del alcohol (o lo que sea).

Como no puede ser de otra forma, mis compañeros de tertulia me exigen una explicación a tal aserto.

Cuando alguien cae en la autocompasión deja de ser responsable  ante él y  los demás de sus actos. Es decir, sus acciones aunque malas o fatales dejan de tener repercusiones sobre él, debido a esa irresponsabilidad: « Mi sino me lleva por estos caminos, un hado nefasto que me empuja a cometer los más horribles actos que yo no quiero».

Queda amparado por la condescendencia de quienes le rodean, que dándolo ya por perdido, justifican sus hazañas como la cruz con la que han de cargar. Sin pretenderlo, dejan al interfecto libre de preocupaciones y en inmejorable posición para solo preocuparse de cómo conseguir su dosis de alcohol.

Se hace de noche inmediatamente, casi sin crepúsculo. Deja de llover. Lamento no saber explicarlo mejor mientras recogemos. Decidimos marcharnos: ya es tarde.

Dos se quedan.

httpv://www.youtube.com/watch?v=SJss7GBagiw&feature=related

10 responses

  1. Pingback: Bitacoras.com
  2. Completamente de acuerdo Francisco. Yo tampoco soporto la autocompasión.

    “El crepitar de los sarmientos y el leve sonido de la combustión de las cepas propicia la conversación, incluso la confesión.” Deliciosa sensación, igual que la música que acompaña al post.

    Un saludo :)

  3. He crecido rodeada por tierras de viñedo y por eso no me resulta ajeno el abanico de situaciones que se despliegan en torno al consumo del vino: de forma esporádica y ocasional asociada a ciertos celebraciones sociales; el vasito diario que acompaña al almuerzo y por último el consumo diario desde que amanece hasta que el cuerpo aguanta. Es en este último caso cuando he visto brotar el fenómeno de la compasión, que no nace en el propio afectado sino del el entorno de su familia que para esquivar los comentarios de propios y extraños aseguran con un tono afectado “el pobre bebe porque es así”. Algo que podemos interpretar como bebe porque no puede remediarlo, es más fuerte el vicio que él mismo aunque ninguno de dichos familiares haya intentado alejarlo de la senda de la ebriedad. Es entonces cuando el bebedor asume ese concepto porque en gran medida le beneficia. Cuando llega a algún bar o guachinche no tiene que dar explicaciones por lo mucho que bebe. Bebe sin más y hasta perder el sentido.
    La autocompasión es un estado de autosugestión negativa lamentable como también lo es la cobardía de quienes ven un daño y nada hacen para remediarlo salvo contemplar cómo el problema crece hasta escapárseles de las manos.
    Un abrazo tinerfeño sin gota de alcohol
    CC

  4. Precioso. Food for thought…
    A veces, sin quererlo, en un intento de cuidarles, podemos llegar a ser contraproducentes, una red falsa de seguridad.

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