Trujilladas (parte dos)

Debido a mis anteriormente expuestos y recientes conocimientos sobre la vecina región extremeña, unos familiares nos invitaron a participar en una excursión por aquellas tierras, para que servidor aplicase su novel pericia haciendo de guía y, si llegase el caso, de cicerone. Era una Semana Santa y se trataba de recorrer durante el jueves y viernes de pasión el mayor número de ciudades monumentales, principalmente de Cáceres. Iríamos cada familia en un auto y llevando los medios necesarios por si hubiese que comer bajo una encina. Creo que el convoy lo formábamos cuatro coches.

Como bien sabes, sagaz lector, en todas las cuadrillas hay un elemento de la misma que destaca por su gilipuertez innata y en esta no sería distinto.

Iniciado nuestro «The Grand Tour» y antes de llegar a la localidad de Luciana, famosa por ser el lugar donde confluyen los ríos Guadiana y Bullaque, fuimos avisados mediante teléfono móvil de que el alma de la excursión había chocado con el auto, nuevo a la sazón, contra el guarda raíles de una curva, dejando una rueda completamente bloqueada y unánime al disco, como su dueño con las tertulias radiofónicas, fuente de su apabullante retórica. Acudimos al lugar del incidente, quitamos la llanta y servidor acudió al pueblo cercano, Piedrabuena, donde tenía clientes, a pesar de ser día feriado, a conseguir una rueda que nos sirviese de repuesto y permitiese continuar a la caravana. Tras dos horas de gestiones, volví con una rueda que montamos en el auto y reanudamos la marcha.

A escasos diez kilómetros hubo que parar de nuevo ya que el auto emitía tristes ayes de dolor al girar la repuesta rueda. Era la hora de comer y estábamos a apenas ciento cincuenta kilómetros de Tomelloso, el suficiente señor avisó a una grúa y optamos por comer a la vera del Guadiana. Durante la comida y tras sufrir un estremecimiento premonitorio se me ocurrió inquirir a nuestro dilecto amigo que era el organizador de la ruta:

—Oye Fulano, —que será el original nombre por el que nos referiremos a él— habrás reservado hotel para esta noche ¿no?

—¿Hotel? —dijo en ese tono tan didáctico y a la vez altisonante que emplean los gilipollas— Pero si vamos a Extremadura hombre.

El estremecimiento se convirtió en escalofrío, pero no dije nada, tras acabar la comida y recoger el auto la grúa reanudamos la marcha, repartiendo a los miembros de la familia averiada por el resto de los vehículos. Con la proverbial suerte que me acompaña y distingue, el ufano organizador de la marcha subió a mi coche. Llevaba una cámara de vídeo, grande y siempre puesta en el ojo, se consideraba un Márquez o un Canete, filmaba y hablaba, lanzaba asertos gratuitos solo por el placer de oírse, ufano y despreocupado de la verosimilitud y congruencia de su retórica.

Llegamos a Guadalupe, al ver el gentío que allí había nuestro amigo, eso sí, sin perder la calma ni la pose, coligió que tal vez hubiese que haber buscado alojamiento antes de salir, pero que no sería mayor problema y nos conminó a la tranquilidad:

—Vosotros tranquilos —dijo— esto lo soluciono yo.

Tras salir del santuario y en dirección a Trujillo, principiamos a preguntar en cualquier establecimiento susceptible de acoger huéspedes: ventas, hostales, pensiones, fondas, hoteles, moteles, casas rurales, hasta en las casillas de los peones camineros, recibiendo en todas la misma respuesta que la Sagrada Familia la noche del veinticuatro de diciembre. Cuando el sol comenzaba a ocultarse, nuestro dilecto amigo nos hizo parar en un bar de carretera. Pasó a preguntar y al rato salió henchido por el gozo y con cara de inconmensurable satisfacción.

—¿Qué os había dicho? —anunció— En «Las cigüeñas» hay habitaciones para todos, he hecho una reserva a mi nombre.

El referido establecimiento era entonces uno de los hoteles de más renombre de la ciudad, me extrañó la reserva, pero me dejé llevar por la alegría.

Llegamos al sitio, aparcamos y nos bajamos todos con las maletas dispuestos a ocupar nuestras habitaciones. En la recepción estaban dos tipos vestidos con traje y entorchados en las mangas. Nuestro líder se dirigió a ellos con voz engolada:

—La reserva de Fulano por favor, cinco habitaciones dobles. —volviéndose hacia nosotros y apoyándose al mostrador, tras decirlo, poniendo una amplia sonrisa—

—Aquí no tenemos constancia de esa reserva —dijo uno de los conserjes con educación y firmeza— además, están todas las habitaciones ocupadas.

—Pues yo acabo de hablar con uno de ustedes hace menos de media hora y me han confirmado la reserva. —dijo nuestro guía con sorpresa.

Tras un rato de discusión, los empleados dedujeron, y así nos lo hicieron saber, que el lugar no era ese, que era otro avisado «La cigüeña» y del cual nos dieron las señas. Acudimos prestos al lugar indicado, un ventorro de carretera a unos kilómetros de Trujillo. El sitio estaba ornado con un luminoso de café Delta; tenía un aspecto sombrío y sospechoso: escasa luz, mucho humo y parejas sentadas en los veladores; nuestro amigo habló con el encargado. Nos acompaño gustoso a enseñarnos las habitaciones, nos introdujo por una estrecha puerta que daba a una empinada, angosta y oscura escalera, justo en ese momento bajaba una pareja. Ella delante, embutida en una escasa y apretada falda de cuero negro, altos tacones y muchos afeites, tirando de la mano de su acompañante que bajaba con cara de tranquilidad. Hubo que esperar a que saliesen.

—Pero ¿esto qué es? —le dije al mesonero.

—Alquilamos camas por horas a la chicas del bar que lo solicitan.

—Un puticlub, vamos. —afirmé.

—No, ya que también —me aclaró— tomamos huéspedes.

En aquella época petulante y de abundancia, di en aquel momento por terminada la búsqueda de alojamiento y llamé a un famoso hotel que hay en la plaza de San Juan de Cáceres, albergándonos a toda la excursión por una una importante cantidad de dinero.

Por cierto que no he hablado para nada de las maravillas de la ciudad en estas dos entradas.

Trujilladas (parte uno)

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