Typewriter

Era la época en la que para ser un hombre de provecho era necesario saber escribir a máquina. Mecanografía para salir de pobres. Con el fin de labrarle un futuro, sus padres lo inscribieron, desde niño, en una academia para que aprendiese el arte de la dactilografía. Asistía después de clase. Un señor mayor, a punto de jubilarse, les desentrañaba los secretos de la escritura mecánica sobre viejas Olivetti negras. Durante tres años realizó los ejercicios y prácticas que el anciano domine le indicaba. Desde el inicial «asdfg (espacio)  ñlkjh» en el que, empezaba pulsando la tecla que escribía la letra «a», con el meñique de la mano izquierda, continuaba presionando el botón correlativo con el dedo siguiente, salvo las dos últimas que las empujaba con el índice, tras estas, presionaba la barra espaciadora con los pulgares y seguía aporreando las llaves correspondientes a los tipos que se movían con la mano izquierda. Una y mil veces, con las manos apoyadas sobre el teclado y sólo moviendo hacia abajo el dedo que teclease en cada momento. Tras pasar por todas las filas del teclado, seguían series de letras inconexas. Después palabras, series de palabras, frases con algún sentido y por último, copiar textos, cada vez más difíciles y siempre sin mirar el teclado. Seguían a pies juntillas el Método Caballero. Una vez acabado y para ratificar la técnica era necesario un examen en la Real Sociedad Matritense de Amigos del País, donde avalaban por medio de un diploma, la pericia en la escritura a máquina de quienes lo superasen.

Tras aquello su mayor deseo era poseer una máquina de escribir. Tanto se le antojaba,  que llegó a creer que le habían comprado una, portátil, metida en una funda flexible y verduzca con una tira de badana en el centro. Una máquina de escritor, con una pipa recta a juego. Ese artefacto era su mayor anhelo.

Se evadía de su pobre y patética vida pensando en el ingenio, presintiendo el ruido de las teclas, leyendo los párrafos escritos, oyendo el sonido de la campana que avisaba de la cercanía del fin de la línea. Era capaz de ver inexistentes textos escritos con la máquina. Por la calle andaba absorto en esos pensamientos, se le hacía más corto el camino.  Cada vez que se quedaba solo en casa revolvía de arriba abajo todos los armarios en  busca de su preciado tesoro.

En una plazoleta por la que solía pasar de camino a casa y en la que había una gran columna eléctrica en el centro y que tenía revestida la parte baja con ladrillos, por una gatera, o hueco, al que faltaban algunos ladrillos, metió la cabeza, con riesgo de electrocución, buscando dentro de la torre, ya que tenía la certeza de que la máquina estaba allí escondida.

Otra vez estaba seguro que la caja que contenía un portarrollos para el papel higiénico era una micromáquina, incluso una vez abierta, su mente le hacía ver el invento.

Hasta que la poseyó. Y fue la mayor desilusión de su vida. Una extraña máquina fabricada al otro lado del telón de acero, a la que al pulsar las mayúsculas, se le levantaba el rodillo, en lugar de bajar los tipos. Para colmo, iba dentro de un rígido y estalinista maletín gris de plástico duro. Con aquel engendro sería imposible escribir las páginas soñadas.

Y mucho menos tener una cachimba Dunhill con boquilla recta.

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