Uros

Lo que más me ha gustado de los toros ha sido el zurra, una especie de sangría de mucho predicamento por estas tierras. Desde que no bebo, no voy a las corridas.

No veía el espectáculo especialmente edificante. Lo percibo aburrido, sangriento y con olor a fiemo y cigarro. No estoy en contra de los toros, más al contrarío, creo que gracias a la fiesta hay ganaderías de bravo, como tantas otras cosas preservadas por el interés económico particular.

Ahora recuerdo un olor parecido al que se percibe en la plaza de toros durante la lidia: el de los camioneros que transportaban estiércol en mi época de gasolinero. Envueltos en un misterioso y vomitivo halo formado por el olor de la mierda de vaca y el de la punta del farias que generalmente apagado les pendía, a casi todos, del belfo deformado por los millones de tagarninas puestas a descansar sobre esa parte de la boca, distraídamente.

Calzados con botas camperas, abrigados con chaquetones como los de los vaqueros del oeste, beiges forrados de pelo de borrego y embarazados de seis meses, iban oliendo a basura de buena mañana. Sirle sola, le decían al revuelto de tierra con el que engañaban, la mayoría, a los agricultores que se dejaban.

Llevaban e dinero en un fajo que doblado por la mitad se metían en el bolsillo de los pantalones. A la hora de pagar lo que fuese, tiraban del fajo, con los billetes de mil duros puestos arriba, dando la impresión de ser marqueses.

Extraño trabajo, no el de estos camioneros, sino el de las señoritas de compañía a las que invariablemente cada tarde, reclamaban servicios amorosos esos seres deformes, oliendo a basura de vaca y a farias mal apagado.

Estómago, es la palabra que me sugiere.

Ornaban su prestancia, los transportistas, con toda suerte de objetos áuricos, destacando por aquella época, las esclavas con el nombre grabado, por si se perdían, y unas reproducciones del Cristo de Dalí colgadas en cadenas de oro válidas para la procesión del silencio y como no, piezas dentales del precioso metal dorado.

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