Vendimia (de nuevo)

Seguramente a tí, urbano lector, la vendimia te suena a bucolismo, fiesta y malas películas; te parecerá lejana, inexistente y atávica; incluso sugerirás que no te importa lo más mínimo la recolección de la vid en tierras manchegas. Espero que comprendas la necesidad de un servidor por escribir una entrada vendimiadora llegadas estas fechas y que me trates con la magnanimidad que te caracteriza, teniendo en cuenta que la recogida de la uva ha formado parte de mi vida desde la niñez.

La vendimia está prácticamente acabada antes de que finalice septiembre. Extraños tiempos y faenas acordes con la reciente velocidad de los neutrinos. No hace tanto se empezaba con la recolección en estos días, a partir de San Miguel y había quienes estaban vendimiando hasta casi los Santos. Eran otros tiempos, ya se sabe, y entonces la vendimia era una fiesta: los jornales estaban baratos y el tiempo sobraba; se dormía en el tajo y se bailaban jotas tocadas con la sartén. El fruto se cortaba con navaja o tranchete y se echaba en una espuerta llevada por dos vendimiadores, puesta en el centro del hilo de vides que cada uno recogía, una vez llena se vaciaba en serones o capachos y cuando se recolectaba la cabida del carro se paraba hasta que llegaba el transporte y fuese cargado.

Paulatinamente se fue racionalizando el trabajo y consiguiendo mayor eficiencia en la recogida de la vid, generalmente con técnicas importadas por los que vendimiaban en Francia: tijeras en vez de navaja, cubos en lugar de espuertas y sobre todo, la especialización de los puestos de trabajo, los vendimiadores vendimiando, los cuberos recogiendo,  reponiendo y vaciando cubos en el remolque, equipado con un cargador hidráulico y siempre en el corte. La eficacia recolectora y el aumento de los coeficientes de kilogramos cosechados por persona, trajo el aumento del trabajo físico y la consiguiente eliminación de los bailes y demás diversiones.

En una época de transición en la organización científica del trabajo vendimiador, una vez cumplido el servicio militar y ya siendo novio con Mari Carmen, creo que a partir de 1985, estuve varios años vendimiando con unos parientes. Una prima hermana de mi padre, el marido y sus dos hijos. Un servidor cogía las vacaciones petroleras para la vendimia y me iba con ellos, para que con mis jornales le saliese a mi señor padre gratis la recolección de los majuelos. Vendimiaban a pequeños propietarios y que trabajaban en otros oficios: carniceros, estanqueros, albañiles, etcétera.

Era muy buena gente y lo pasábamos bien, a pesar del trabajo. Ella era hermana de la mujer de un hermano de mi padre, que tengo contado que tuvieron que pedirle permiso al Papa para casarse; guisaba muy bien. Todos los años nos hacía un espectacular cocido en la lumbre, acabando la vendimia y cuando estábamos en sus viñas. Yo tenía como compañero de espuerta al marido; siempre íbamos los últimos, él se excusaba diciendo que había sido toda la vida tractorista y que en las faenas de infantería no estaba muy ducho. La verdad es que vendimiaba poquísimo y yo tenía que ayudarle continuamente, a pesar de ello siempre cerrábamos plaza. La mujer nos arreaba con la misma sentencia, poniendo siempre voz de pito:

—¡¡Vamos chicos, qué vais atrás como los cojo**s en los galgos!!

Le recogíamos la cosecha a un viejo estanquero, bueno, al marido de la estanquera. Era un provecto anciano hablador y mala leche que nos vigilaba los días que estábamos en sus viñas, las tenía en el monte, en la carreterín de la Ossa. Se iba en una Mobylette y aún sin poder moverse andaba saltando surcos con una pierna medió imposibilitada que tenía y rebuscando detrás nuestro las uvas que nos dejábamos. Cortaba los racimos con unas tijeras mayores que él y nos los enseñaba:

—Mirad que lagarto os habéis dejado. —llamaba de esa manera a los racimos de uvas y no colegí el porqué.

Como digo, fueron unos años agradables, uno era joven y la dureza del trabajo era superada por la armonía, el compañerismo y las risas. El último año, ya casi acabando y tras la comparación de la posición de su esposo y quien os relata en la marcha de la cuadrilla con respecto a las partes blandas caninas, el hombre respondió:

—Para carreras largas, galgos de fuerza.

P. S.

El cielo aquel pintado con tizas de colores;
el sol que se empozaba tantos jueves
para los largos temporales
«Cuando se empoza el sol en jueves,
antes del domingo llueve…»

(Sigue leyendo «El cielo aquel pintado con tizas de colores» de Eladio Cabañero)

httpv://www.youtube.com/watch?v=skWCDVDz3NA

12 responses

  1. Pingback: Bitacoras.com
  2. No todos tus lectores somos urbanos, algunos somos tan manchegos como los molinos e incluso hemos doblado el lomo más de una vez y más de dos – a ver, qué remedio -.

    Me ha sorprendido lo de los cubos, por las Criptanas normalmente lo hacemos con espuertas – salvo el caporal que suele ir sólo, y en este caso sí va con un cubete -. También se ha impuesto lo de las tijeras, aunque yo también me apaño con el tranchete – y me gusta usarlo por un poco de nacionalismo, por qué no decirlo -.

    ¿Lo mejor? La última cepa. :P

    ¡Saludos!

    • El tranchete como identidad manchega… ¡¡mola!! :-)
      La última cepa es un placer al que solo hemos tenido acceso unos poco elegidos.
      Muchas gracias por el comentario :-)

  3. Extraños tiempos y faenas acordes con la reciente velocidad de los neutrinos…

    Y tan extraños…

    Tan extraños que he encontrado algo de mí paseando por tu relato ;)

    Abrazos,
    Dana

  4. Volver a recordar lo pasado, en tu soberbia escritura, como dicen ahora es de cine . La primera vendimia que me incorporaron a filas, estuve 39 dias y solo 3 noches en el pueblo, fueron 39 gachas, todas con lumbre de sarmientos ( pero que ricas) y si era con Tranchete.

  5. Hermoso post, sí señor, y muy pegado a la realidad. Como la vendimia en La Mancha, hasta la mecanización del campo, creo que en ninguna parte. ¡Aunque lloviese!.
    Un abrazo, Paco.

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