A la diabla

Leo en Chateaubriand: «a la diabla», calificando la manera de escribir del padre y el tío del conde de Mirabeau, presidente que fue de la Asamblea Nacional durante enero y febrero de 1791 y del filósofo Saint-Simón.

Lo busco.

Hacer algo de esa guisa es forjarlo sin cuidado. Desconocía la expresión. Es también una especie de tartana. Resulta entretenido, por lo menos, el vizconde en una traducción del XIX que no sé cómo ha llegado a una edición, que es la que leo, de kiosco.

Las expresiones, los giros, los modismos y las muletillas van yirando y girando según la época. Así es. Cada vez con menos palabras: la economía del lenguaje.

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Los asesinos en serie son muy satisfactorios para las emisoras de televisión. Resultan morbosos, duraderos, vendibles, escabrosos, acomplejados, enfermos, adictos, dúctiles, elásticos y rentables. A las estaciones televisoras le agradaría que todos fuésemos asesinos en serie en una infinita sucesión de realities donde, a pesar de todo, sortearían el peligro por la libertad de expresión.

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Veo como inopinadamente la gente descubre que los cuernos de los toros bravos hieren e incluso matan, que no son de atrezzo.

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Nuestro albo y regional presidente, con la entonación que le caracteriza, afirma en una figura que me aburre definir qué: «es muy importante ser de pueblo, pero que es más importante ser del pueblo». Propio del elevado concepto que posee de nosotros nuestro blanco líder.

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Funes el memorioso como no dormía no eliminaba recuerdos, tenía hipermnesia.

Hay cosas de las que no nos acordamos por qué no han sucedido. Fácil.

Oigo que cada vez que rememoramos algo lo distorsionamos, esto es, el recuerdo más recurrente es el más irreal; cada vez que lo evocamos lo volvemos a interpretar.

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