Artes marciales

1 – Kung-Fu

Siempre íbamos a los futbolines de la plaza. Había otros, tal vez mejores, pero aquellos eran los nuestros. Los días de colegio a las cinco y media de la tarde ya estábamos allí metidos, jugando si había dinero o mirando, en caso contrario. Las tardes de los sábados y domingos invernales no salíamos de ese lugar. Como cantan Topo, arreglábamos el mundo a golpe de futbolín.

Había máquinas de flippers, futbolines, aparatos en lo que había que hacer un eslalon con una peseta para volver a recuperarla y el primer videojuego, una pantalla negra en la que subían una bajaban unas barritas para darle a una suerte de pelota.

A estos recreativos, siempre llenos, también iba Pedro, un par de años mayor, siempre retraído y bastante raro. Normalmente era el último que bebía en la fuente. A partir de éxito de las películas de Bruce Lee, se puso con empeño a aprender Kung-fu. Por medio de libros, principalmente manuales de la biblioteca, quería emular a los monjes de Shaolin, empleándose con fruición en seguir las instrucciones de los tratados y realizar los ejercicios indicados.

Cuando consideró que ya estaba suficientemente preparado se dirigió a los más malos del garito, los que siempre le denostaban y cascaban, dos hermanos medio melgos a los que nombrábamos por el mote.

—Sois unos mierdas. —dijo poniéndose en posición de la mantis— Sé Kung-fu y os voy a reventar, cabrones.

Uno de los hermanos se dirigió de frente hacia él y le propinó un tortazo con la mano abierta en la cara. Tras recibir el bofetón, el émulo de Bruce Lee volvió a la posición peatón, yéndose rápido a su casa a seguir con las lecciones.

 

2 – Judo

Tras la ola de atracos que sufrían las gasolineras, el de la cicatriz, además del puñal que llevaba en la bolsa de la merienda, quiso tomar medidas de protección personal. Se inscribió en el club local de judo, asistiendo con celo y aplicación a las clases.

A los pocos días aprendió a hacer un kata llamado kake, creo, en el que se coge al contrario del brazo y se le lanza al suelo por encima.

Nos tenía mareados a los compañeros para que nos dejásemos aplicar la citada presa y todos nos negábamos. Una mañana temprano fue a repostar el bueno de Félix, un pocero de dos metros y doscientos kilos. Ante la insistencia del judoka, se dejó hacer.

El gasolinero asió con las dos manos unos de los inmensos brazos del cliente, jalando con insistencia sin ningún resultado. A los pocos minutos el pocero, ya aburrido, tiró de mi colega en sentido contrario, estampándolo contra la pared.

Cuando el aprendiz de guerrero se repuso, alcanzó a decir:

—Jolines Félix, eres un cachondo, haberme dicho que sabías judo.

httpv://www.youtube.com/watch?v=ffhr2btKKq8

5 responses

  1. Pingback: Bitacoras.com
  2. Un saludo, me declaro fan de tu blog. Muy buenas las anecdotas de las artes marciales, y en general todas, escritas con esa mezcla de ironia, sentido del humor y ese “acentejo” tomellosero como letra de fondo.
    Se te echa de menos por el Hangar de la Estación.

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