Cariátides

Tengo obsesión con las cariátides, como otros la tienen por en encaje de bolillos o por las pastillas de jabón de glicerina. El domingo, sin ir más lejos, me pusieron frente a una durante más de tres horas, su marmórea y helada faz daba miedo por momentos, otros causaba desazón ese rostro impenetrable al que por instantes creía vivo y que al volver a mirarlo comprobaba, no sin una desagradable sorpresa, su pertenencia al reino mineral.  Aunque otras daba risa pues su hacedor le había esculpido un rictus tan afectado que resultaba cómico a veces y dependiendo, claro está, del angulo desde el que se le viese.

Ramón Gómez de la Serna quería que todas las lacónicas cariátides de Buenos Aires llorasen su muerte. Y así lo hicieron las que había desde Hipólito Yrigoyen hasta el aeropuerto de Ezeiza. También coleccionaba pisapapeles, obsesivamente, a los que no pidió, que se sepa, plañir en su entierro. Hubiese sido muy propio de él un cortejo de esos adminículos camino de la Sacramental de San Justo, pero no tenían pasaporte y se quedaron a aquel lado del charco.

O a lo mejor era una esfinge, ya que según Apolodoro es un demonio de destrucción y mala suerte con rostro de mujer; pecho, patas y cola de león y alas de pájaro.

«Escucha, aun cuando no quieras, Musa de mal agüero de los muertos, mi voz, que es el fin de tu locura. Te has referido al hombre, que cuando se arrastra por tierra, al principio, nace del vientre de la madre como indefenso cuadrúpedo y, al ser viejo, apoya su bastón como un tercer pie, cargando el cuello doblado por la vejez»

Atributos todos esos propios de quien enfrente tenía, aunque no formulase acertijos. No obstante, dejaremos a especialistas la definición de semejante ser.

El 23 de Septiembre de 2010 hablamos de otro ente de estos, o tal vez del mismo, quien sabe.

Slumberland

Agradable ciudad renacentista, herreriana, recuerda a Baeza por donde traza el Duero su curva de ballesta. En un palacete en ruinas, no tanto como nuestra alma, Alfredo, el famoso cocinero toledano ha abierto una casa de comidas. A través de las ventanas se observa un interior agradable y claro, decorado con aires zen. Invito a mi cuñada a que me acompañe a pasar y que nos dejen ver el interesante restaurante.

Nos sorprende justo en la entrada de la sala el afamado cocinero junto con un pinche, vestidos los dos de negro y encaramados en un mostrador altísimo como las cátedras de los jueces en los dibujos animados. Solícitamente le pido permiso para ver su fonda sin tomar nada, despectivamente se niega. Le reprendo con ira. Acepta al poco, mas nos obliga a hacerlo acompañados del pinche de negro y en coche. Mi cuñada, ahora convertida en cariátide, sigue sin hablar.

Montamos en un coche de esos para el campo y subimos por una empinada cuesta casi vertical. A ambos lados hay obradores de acero inoxidable donde multitud de cocineros vestidos de negro y con gorros como mitras, realizan toda clase de preparaciones y experimentos alquímicos.

Ascendemos a un rellano sin fin en el que hay, colgadas de ganchos, millones de reses sangrando, abiertas en canal. Alrededor de ellas y manejando grandes cuchillos como machetes de zafra, pululan miles de frailes, gordos, feos y lampiños.  Distingo en la penumbra el rostro de Sean Connery con barba y capucha parda franciscana. La cuesta y la visita acaban en un inmenso almacén con los techos bajos donde envasan bombones. Como si nos fuese la vida en ello, nos guardamos entre la ropa puñados y puñados de chocolatines. En la sala nos espera Alfredo. Le doy las gracias por dejarnos ver su local. Desmonto a mi cuñada, que sigue en silencio, metiendo las piezas en una bolsa de viaje. Salgo.

P.S.

Phineas Taylor Barnum, nació en Conneticut en 1810. Fundó un circo, el «The Barnum & Bailey Greatest Show on Earth», donde exhibía una serie de fenómenos, la mayoría falsos, entre los que se encontraba una anciana negra, nodriza que fue de Washington.

httpv://www.youtube.com/watch?v=CMThz7eQ6K0

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