Cigarrales

Precisaba vender el cigarral de sus antepasados, eso decía, y nos citó. A Román, a «el piloto» y a mí, como siempre de oyente.

Necesitaba imperiosamente el dinero. A su hermana, copropietaria de la finca, la tenía prácticamente convencida. No se iba a poner a trabajar a esa edad, ni por supuesto nadie de los suyos. Los ancestros, hijosdalgo navarros, observaban desde el Ebro y no los iba a defraudar. Y sobre todo, se revolvería en su tumba aquel primer caballero que llegó a estas tierras y del que tomaron el apellido, si lo viese desde lo alto hacer algo más que mandar a los dos obreros a punto de jubilarse que formaban la plantilla de la pequeña empresa que regentaba, con su unigénito y heredero de tan rancia prosapia.

Lo primero que haría con el fruto de la venta, afirmaba, sería pagarle a su mujer, de piedad toledana, un viaje a Roma, audiencia con el Papa incluida y a Tierra Santa, que conociese esa santa, remarcaba, los Santos Lugares, a pesar de la redundancia. Para él un abono de San Isidro. Siempre, claro está, que se realizase la venta y que accediese la hermana, que con el cuñado que Dios le había dado cualquier cosa podría pasar.

Allí estábamos. Él, llamado José Antonio y vestido de verde oliva con gorra de cuadros y Román y yo, esperando al piloto que iba a ser el corredor.

Este piloto del que no recuerdo el nombre, era compañero de bar de Román, había servido, según contaba, como aviador de combate en el ejército de Estados Unidos. Vivió varios años en Nueva York, ahora residía en Madrid con su tercera mujer, como él decía, era centroamericano, cubano parecía. Siempre acababa contando que lo que más le gustaba de la ciudad de los rascacielos era la Grand Central y que como a él, al compositor checo Dvorak le epataba la citada estación, tanto que aceptó el puesto de director del Conservatorio Nacional de Nueva York, solo por disfrutar del espectáculo que le brindaba la terminal. Daba la impresión el piloto de ser un cosmopolita, falsa, como se verá más adelante.

Finalmente apareció el inmobiliario volador equipado, como no, con una maleta de piloto donde llevaba todos los expedientes y en el coche de José Antonio, nos dirigimos al cigarral. Era inmenso: había más de dos hectáreas de terrero, olivos, almendros, jardines, tres piscinas. La vivienda era una construcción neoclásica, del siglo XVIII decía el dueño. Mil millones de pesetas. OK, dijo el piloto, tengo clientes a los que les puede interesar. Vamos a comer.

Cuando salíamos, recorriendo otra vez la inmensa parcela le observé a José Antonio que todas las aceitunas de los olivos estaban en el suelo, que era una lástima perder aquella cosecha. «Para una botella de aceite que necesito voy la tienda y la compro ¿me entiendes, alhaja?».

Regresamos a la ciudad y el piloto, perdiendo completamente la cabeza, se puso a hablar de política, criticando duramente a la derecha y la iglesia: « ¿Tu qué opinas José?», le inquirió. «Pues mira, machote, opino que soy de derechas de siempre, asisto a misa todos los días y que como el coche es mío, te vas a bajar e ir andando ¿me entiendes, alhaja?» Y lo bajó.

Y el piloto tuvo que caminar varios kilómetros hasta llegar donde estaba su coche y, por supuesto, no hizo el trato del cigarral de José Antonio.

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