Cosas sencillas y conversaciones agradables

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Vivimos unas épocas de egocentrismo desenfrenado y alabancioso —o eso me parece, comprensivo lector—. A las gentes nos ha dado por cacarear nuestras supuestas cualidades, en menos que se le dice a un perro ¡vete!, omitiendo aquel atinado adagio castellano de “dime de lo que presumes, etcétera”. A la que te descuidas, te encasquetan un panegírico teniendo el yo como centro, motivo, contenido, principio y fin.

—Yo es que soy un amante de la Cuaderna Vía, con matices, como no puede ser de otra manera. El noble fin que [yo] persigo es que volvamos a las catorce sílabas, para engrandecimiento del mundo y salvación de los hombres.

—¡Tururú!

Hay gentes, sacadas de un verso de Machado, que dedican su escaso tiempo en este valle de lagrimas a aleccionar 976290_japanese_prayerscongéneres, en todos los aspectos y desde su cátedra elevadísima y estrecha. Sin reparos, ni pudor, se dedican a pontificar a todo lo que se mueve. San Juan de Ortega y su maestro, Santo Domingo de la Calzada construían puentes, pero eso todo el mundo lo sabe.

—Desde que hemos perdido el pudor, esto va de mal en peor.

—Diga usted que sí.

En Pedro —como si uno fuese un Racine venido a menos—, la boca y la mano son el intérprete de su corazón. Tomamos té con limón. Ese recuelo es muy edificante. Antes, te hablo de hace doce o trece años a lo sumo, una infusión era  la bebida que se obtenía metiendo hojas secas en agua caliente; ahora es cualquier cosa que se le ocurra a un guisandero. Ese podría ser otro ejemplo de escaso pudor; los nuevos druidas construyen verbos de todo, junto con un crujiente, siempre necesario, de habas tiernas.

Pedro mira de frente y habla sonriendo y con delicadeza. A lo mejor, la delicadeza no es un sentimiento, sino una sabiduría. También pedimos agua con gas. Una botella para dos, porque el envase es muy grande, tanto que podríamos hacer abluciones. Preferimos beber y dejar la higiene para momentos más íntimos. Cada uno decimos nuestras cosas, como las pensamos, sin esperar nada a cambio, libremente, verazmente, pero sabiendo que el otro, Pedro en este caso, puede tener razón. Las paredes de local estas llenas de cuadros titulados por el artista con nombres de escenas del Quijote; él verá.

Con Pedro las cosas suelen ser fáciles y las conversaciones agradables. Escribe de lo que quiere, pero muy bien. Casi siempre de la minúscula historia de España, que dijese Cela, de los sufrimientos, deseos, anhelos, pesadumbres e ilusiones de los hombres corrientes (Un hombre solo, una mujer / así tomados, de uno en uno / son como polvo, no son nada). Le da muy bien al oficio de escribir, pero no lo dice, ¿para qué?

Nuestra ciudad, antropológicamente hablando, es de todo el orbe cristiano, el lugar en el que menos trabajo nos cuesta la reconvención del semejante.

—Yo es que, ¿sabe usted?, también escribo. Mi estilo, como si dijésemos, es parecido al de Balzac, pero mejor.

—¡Oiga, que yo no tengo la culpa!

Pedro, lleva sus escritos en la cabeza, como Kien en el Auto de Fe de Canetti. Bueno, Kien lleva los libros metidos en la olla, físicamente. Pedro lleva la trama urdida en su mente. Uno anima a Pedro a que le dé más a la tecla o al lápiz, por egoísmo sobre todo y poder disfrutar de su lectura.

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