Dominó

Todas las tardes don Juan ocupaba la misma mesa, a la misma hora, con el oraje que hiciese; pedía un café con leche, corto de café, con las mismas palabras e idéntica entonación como las seis mil cuatrocientas quince veces anteriores lo había hecho. Y que seguiría haciendo hasta que llegase la última, que no va a ser ahora; el privilegio de quien escribe es el ser dueño de la vida de los personajes que describe o utiliza, aun verdaderos siempre se pude torcer el carro hacía el lado que más interese para el desarrollo de la narración, o por mera estética caligráfica o sonora. También es tiránico. ¿Y quién dice que no puedan existir realmente los personajes en alguna suerte de mundo paralelo regido por los renglones que uno teclea? Tal vez sea por eso, admirable lector, que intento tratarlos con cristianísima piedad y posibilidad de redención.

A pesar de haberlo oído todas esas veces, Becerra, el solícito camarero, esperaba cortésmente hasta que don Juan le hacía el pedido, poniendo siempre cara de sorpresa, como si esa fuese la primera y única vez que el parroquiano le pedía el recuelo. Tras la petición le preguntaba, sabiendo la respuesta, a que temperatura quería la leche. El eficaz mesero se retiraba tras la eterna ceremonia y a los cinco minutos le despacha el condumio sobre la marmórea superficie. Cuando el mozo se había separado dos pasos de la mesa, la liturgia continuaba:

—Becerra, por favor ¿me puedes traer un vasito de agua del grifo?

—Como no, don Juan.

La sonrisa de don Juan era limpia y valiente; grande como la talla de los pantalones que se subía hasta más arriba del ombligo, tapando la satisfecha panza; era una sonrisa reconfortante y protectora, alejada de todo mal. Miraba de frente y a la cara, se conoce que no tenía nada que ocultar. Siempre vestía traje, en invierno se protegía el pecho con un jersey de lana, no era el mismo terno pero lo parecía. Mientras tomaba el café, a sorbitos insonoros, esperaba a los otros tres miembros de la tertulia y partida de dominó, o al revés.

Becerra tenía una calva superlativa y tan blanca como el color de la chaqueta del uniforme. Sólo tenía algo de pelo a los lados, sobre las orejas, como guardabarros de bicicleta. No libraba ningún día, tenía familia numerosa, seis churumbeles que comían como limas. A Becerra los compañeros de partida de don Juan le llamaban «Cabezateta». El tabernero no se enteraba, o si lo hacía, pesaba más el pelargón y las propinas que la honra.

Los otros iban llegando, siempre en el mismo orden, para estar todos a las cuatro y cinco, en el peor de los horarios, colocados y con el café tomado para iniciar la partida. Don Juan tenía casi siempre de compañero a don David, industrial vinatero y, salvo en la vendimia, también vestido con traje. Los otros eran Vicente y Julián, aunque con más dinero, peor vestidos y sin el don, su pecunio era reciente y obtenido de manera poco clara para ornar su nombre con el tratamiento

La partida transcurría sin muchas sorpresas, tras diecisiete años golpeando las fichas sobre la mesa de mármol se conocían todas las técnicas, tácticas, estrategias y trampas. Tras el juego indefectiblemente (gran palabra, por el empaque y la brillantez que da a un texto, siempre tiene éxito) repasaban las jugadas, con peor humor los perdedores: me has ahorcado el seis doble; ¿para que has puesto el cinco-cuatro?, etcétera.

Don David faltaba una semana cada dos meses. Era cuando se iba a Madrid a vender partidas de vino, decía él. En su ausencia don Juan echaba mano del primero que llegase, o de algún mercenario a cambio de un café; no estaba cómodo pero entendía que era el precio que tenía que pagar por su entente dominística con don David. Todos sabían que iba a la capital a corrérsela: ver los estrenos de las revistas y dormir con alguna vicetiple, pero nadie decía nada.

Vicente fue talabartero y se reconvirtió, acertando con el nuevo negocio. Como tenía posibles se echó querida, una solterona resabiada y con lunares. Tenía el cabello como el de un científico loco e icónico y la nariz como un boxeador. Daba la mano como con miedo y no miraba nunca a la cara. Uno de los hijos (todos trabajaban en su floreciente negocio) abandonó la empresa familiar porque no tragaba con la querida. Los otros aguantaron a la amante pues se está mejor con cuartos. Una vez que fueron sus nietos a buscarlo a la partida, les dio dinero a todos menos a los hijos del que se fue.

Julián, era dueño de una metalúrgica y antes herrero, a su mujer le seguía dando tan poco dinero como cuando le daba al martinete, le recortaba el pienso, decían los compadres, para que no olvidase su origen. Sin embargo él vivía como quería, siempre fuera del hogar. Era alegre de calle y triste de cocinilla. Se peinaba con gomina, aplastándose el pelo hasta que fuese un todo con el cráneo.

Don Juan sabía que sus compañeros era malas personas, pero ¿quién era él para decirles nada? Pensaba y deseaba que con el paso de los años fueran cambiando. Incluso rezaba por ello.

P.S.

Es curioso como uno solo ve (y relata) pequeñas historias, con el partido que se le podía haber sacado a ésta escarbando aún más en los detalles escabrosos de los personajes, demostrando, como en esa gratificada narrativa nórdica, que el mal habita dentro de lo cotidiano.

httpv://www.youtube.com/watch?v=qte_Ne5mpJk

 

9 responses

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  2. La realidad siempre supera a cualquier relato . Algunos de estos señores aun campean a sus anchas y son lisonjeados por la muchedumbre tomellosera . Poderoso caballero es Don Dinero.

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