La estepa animada

Sirva está entrada para mantener viva la memoria de Santi, que nos dejó hace ya más de un año.

La mula es un animal que resulta del cruce entre yegua y asno. Las hembras de la especie se llaman mulas, los machos se nombran así o mulos. Son estériles. El burro que se echa a las yeguas se llama garañón, grande y robusto de músculos, debe tener los testículos grandes e iguales, la cola corta y el pelo negro, debe relacionarse carnalmente con las yeguas a los tres años, cuando menos, y puede hacer su servicio hasta los diez años. Antes ni después nunca conviene, porque produce mulas y machos de poca substancia.

La mula ha sido siempre usada por el hombre en las tareas que requieren mayor resistencia: tirar de carros, arar, sacar agua con norias, etcétera. Los míticos fundadores de Tomelloso comenzaron a labrar este secarral usando bueyes, más tarde caballos y a partir del siglo XIX la fuerza motriz del campo la proporcionaban los équidos protagonistas de este relato, dada su proverbial resistencia. Era nombrado y comunmente aceptado que las mejores mulas de la Mancha, venían a Tomelloso. Las catalanas eran las más demandadas, los tratantes de mulas se llamaban muleteros; llevaban una garrota fina y se tocaban con sombrero; acudían a las posadas de la plaza con la recua de mulas que aquí se le dice reata. No todos eran gitanos.

Esta caballería, compañera del tomellosero en las largas quincenas quinteras, ha dado lugar a un sinfín de historias, algunas mágicas y más propias de bosques animados que de llanuras viñeras.

Cano, hombre adusto, alto y corpulento, pequeño agricultor que siempre vestía de negro y tenía las manos como palas de horno. Hablaba pronunciando sentencias no siempre justas, ni mucho menos piadosas. El lunes una vez llegado al corte y descargadas en la casa las vituallas y aperos para los quince días que estaría en aquel paraje, le saco un zaque de agua a la mula torda, más falsa que un duro sevillano. Había mejores, pero su pecunio le permitía esa. Le vació el agua en una artesa de madera, en lugar de hacerlo en la pila del pozo. El bicho le dio una patada al balde, derramando todo el líquido.

—¡Vaya! Parece que no tienes sed. —exclamó Cano— ¡Pues si quieres agua me la vas a pedir!

Los días pasaron y Cano no le puso ni una gota de agua a la mula, el animal tiraba todo el día del arado y el amo solo se ponía cebada, ni una gota de líquido. Cada noche le interpelaba:

—Si quieres agua, me la pides.

El último viernes de la quincena la caballería estaba a punto de morir de sed, incapaz de mantenerse recta en el surco, el amo la arreaba con violencia. Era cerca del medio día cuando ocurrió un hecho asombroso que posteriormente y una vez en el pueblo, Cano contó a quien le quiso oír. Cuando el sol caía más a plomo, la mula se volvió hacía su amo y poniéndole una mano sobre el hombro, alcanzó a decirle:

—¡Agua Cano!

Rufinillo se compró una mula catalana gracias a una partida de vino que guardó para cuando subiese. Era muy caprichoso y tardó más de dos meses en encontrar el equino que a él le gustase. Mareaba a los muleteros, hacía que le trotasen el ganado y ninguna le parecía lo suficientemente buena. Por suerte encontró lo que buscaba a finales de marzo, a un tratante que venía pocas veces, famoso por la calidad del género.

Tan contento estaba con su compra que quería lucirla en la cercana romería, el último domingo de abril. Le iba a enganchar una tartana que le compró a un médico jubilado, se aplicó en pintarla y dejarla flamante para el día de la patrona. La semana previa a la fiesta empezó con la mula. La esquiló, haciéndole graciosas y geométricas formas en el lomo. Bajó de la cámara los arreos de fiesta que pulió, cepilló y ungió con ecla. Planchó las entremantas de tela.

El sábado de la romería entrelazó en el rabo del animal cintas de colores y le pintó los cascos con purpurina. El domingo madrugó, colocó los arreos al animal, le puso un penacho, la lleno de cascabeles: no había un centímetro del cuerpo de la mula que no tuviese un adorno. Cuando llegó la hora de partir, subido en la tartana, en la portada con los ramales en la mano, gritó ufano:

—¡Arre, mulita cascabelera!

A lo que el animal volviendo la cabeza respondió:

—¡Pero que tontoloscojones eres!

 

Canción Lógica de Pink Floyd

httpv://www.youtube.com/watch?v=6ffHqMaUCTw

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