La Libertad (o algo así)

Con esta entrada que escribí el 14 de marzo y que viene que ni pintada —por la efeméride y  la solemnidad de la jornada— aprovecho para disimular mi escasa intervención bloguera de esta semana. Y por si sirve de reclamo a las musas esas.

Feliz domingo. Nosotros —el pueblo— tenemos la palabra.

Era un gris domingo de noviembre con frío y libertad flamante,  recién estrenada; había que darle uso  para que se ahormase y no hiciese rozaduras como los zapatos nuevos. Manteca y un servidor nos encaminamos aquella mañana del veinte de noviembre del año mil novecientos setenta y siete al afamado Teatro-Cine Serna, paraninfo en donde en aquellos años de reciente democracia exponían sus ideales políticos y  presentaban sus candidatos los partidos y demás organizaciones. Íbamos a asistir a un mitin de la CNT, sindicato del que me sentía simpatizante. La primera vez que asistía a un acto político en el que no había que alabar a ningún gobernante con voz de pito.

La platea estaba llena, sobre el escenario había una mesa que casi lo ocupaba entero a la que habían colocado delante, de cara a las butacas, una bandera roja y negra. Los que iban a hablar estaban sentados a ella. Había un atril con un micrófono de pie  en un lado del proscenio para los discursos. No recuerdo en cual. En el centro de la mesa también había un micrófono desde el que un señor, el mayor de todos, presentaba a quien iba a hacer uso de la palabra. Todos los discursos empezaban repitiendo  «Salud camaradas».

Cerca de la mitad de acto toma la palabra un tipo alto, de mediana edad y vestido con ropa vaquera. Tras los gritos y gestos de rigor, brama:

—Hoy es un gran día, celebramos los muerte de dos hijos de p, camaradas. —aquí y tras los aplausos hizo una pausa larguísima— Y me cago en el padre de esos hijos de p que en lugar de estar asistiendo a un acto libertario y para la libertad, como es este, están por ahí de cañas en los bares.

Entre el murmullo generado se oye una voz.

—¡Hijos de p no !

—¿Cómo dices camarada? —interpela el orador.

—Los de los bares, que hijos de p no, que mi hermano está de cañas y si él es eso, yo lo soy también. Y a mi, camarada, nadie me llama hijo de p sin que le parta la cara.

Risotada general.

—Bueno, pues lo retiro. Pero lo de Franco y el otro no. Y sólo porque el hermano de un camarada está de cañas.

Termina la intervención. Cuando el señor mayor que daba paso estaba presentando al siguiente orador, se levanta otro tipo, al que conocía de llevar camisas azules, pidiendo permiso para hablar. Se lo dan.

—Si el «otro» al que se ha referido el anterior orador es a José Antonio Primo de Rivera, le pediría que lo retirase. —con voz engolada y firme— Pues yo, representante en Tomelloso de la Falange Auténtica, considero que el nacional-sindicalismo que preconizaba nuestro fundador, es una ideología hermana del anarquismo.

Nuevo revuelo. Discusiones entre los de la mesa y el tipo de la platea, al que conocía de llevar camisas azules. Por fortuna todo acabó bien y cantando todos «A las barricadas» como una sola voz.

Todos menos el de las camisas azules y sus amigos.

P.S.

(…) mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

httpv://www.youtube.com/watch?v=J0hrpv930ZI

6 responses

  1. Pingback: Bitacoras.com
  2. Muy jovencito andabas ya de mitines. Que época tan intensa. Y con la edad que teníamos mas, aunque yo andaba a otras cosas, seguro que de cañas :-))

  3. ¡Qué buen título! Lo dice todo.

    Recuerdo también anécdotas de este tipo… pero no les sacaba este punto de humor (ni ahora tampoco). Ya entonces me parecía que mucha gente hablaba mucho y hacía muy poco. Quizá que soy más de soledades, será esta brisa atlántica…

    ¡Pero qué jóvenes éramos entonces! :)

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