Matadero

La mentada tienda estaba en la calle de Las Isabeles, famosa por haber albergado anteriormente la casa de El Ciego, con lo cual un servidor asistía al colegio El Matadero, extrañamente avisado como Miguel de Cervantes en una losa grabada en la fachada. Antes de ir a clase me dirigía a una panadería cercana a recoger las piezas de pan para la venta en el colmado. Despachaba Evelio, alto, gordo, viejo, pluriempleado de portero en uno de los cines del pueblo que no tardo mucho en ser el único. Se cubría el cráneo con un sombrero de fieltro gris, incluso las tardes y noches de cine; lo suponía calvo, a lo mejor me equivocaba, pero el nombre me resultaba curioso, sugerente extraño. Echaba las piezas de pan en un saco vacío de harina, de dos en dos, mientras contaba en voz baja. Años más tarde recuerdo a Evelio haciendo de portero con la cabeza cubierta y a Francisco (a) Pajarillas llamándole «morrosdostia» por que no le dejaba pasar al teatro al no tener la edad necesaria ya que en la película se veía chicha. Este Pajarillas vivía por la calle La Habana, zona de escoberos, silleros y gente que sacaba las madres del vino. No gastaban sombrero, pero tuvieron un (para mi) recurrente cabrero al que le decían Palancas y termino siendo poeta. Grande. Abundando en el surrealismo iconográfico del citado colegio, este, tenía dos puertas de entrada grandes, con columnas y letreros, que por la puerta en la que pasaban las muchachas decía «Niñas» y en la de los muchachos «Niños».

Se incorporó inmediatamente mi padre al nuevo trabajo en el Puig dejando a mi madre para la liquidación del colmado y a los niños con ella. Una vez fuimos a verlo, un fin de semana, creo. Alquiló mi padre una casa vecina a la del tío, que era donde vivía, para que estuviésemos juntos la familia. Estaba en la calle de La Mar, que así rezaba la placa de la rúa, dudando si es que en valenciano el piélago es femenino o un error, explicándome mi tío-abuelo que la gente del mar a este, le dicen la mar, suponía que como muestra de cariño o familiaridad. Olía mal. La casa. Lo recuerdo, un olor indescriptible: humedad, algo nuevo para mis pituitarias. No se si fue un sueño, pero por la noche en la pared del dormitorio descubrí una hilera de caracoles avanzando, lentamente, asquerosos, o pesadilla. No recuerdo el viaje a Valencia, como si hubiésemos sido tele-transportados. Cuando la tienda estuvo liquidada, todo vendido y las deudas pagadas, se marcharon mi madre y mis hermanos. Yo me quedé en casa de mi abuela para acabar el curso. Era primavera.

369_Miguel de Cervantes (g)

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