Mil noches

A gritos y en la puerta de aquel bar ¿lo recuerdas? el bar de Pepe, le explicaba que iba a ver a «los últimos de la fila» a aquél que terminó sus días en una cuneta ¿sabes quién te digo?

Y mientras tanto Sherezade ganando tiempo para que el Comendador de los Creyentes no le separe la cabeza del cuello ¿o sería más propio decir la cabeza del tronco?

De ser la risión en  los futbolines de la plaza, terminó yendo a ver a los últimos de la fila en un Peugeot de quinta mano, cargado de colegas e instalado en el filo de la navaja, dándole a los fines de semana y días de fiesta de su vida de peón de albañil un sentido, un aliciente, una suerte de carrera contra la muerte en la que entretener el ocio, ya lo dice el adagio «hombre parado, malos pensamientos» y ciertamente no paró, eliminado los malos pensamientos. Creo que los buenos y los regulares también.

La primera historia que leí fue la de un comerciante que con el hueso de un dátil mata al hijo de un genio, al darle con este en el ojo. El genio se aparece para vengarse y le da un año de plazo para que arregle sus asuntos. El comerciante se presenta al año. Antes se dejaba que la gente pusiese sus cosas en orden antes de darle el boleto.

Había otra sobre un médico en la que, creo yo, se inspiró Eco para el Nombre de la Rosa y que acaba con un califa (me gustaría ser califa en lugar del califa) mojándose  la punta de los dedos para poder pasar las pegadas hojas de un libro antiguo. No se como aguantó el sultán tanta historias de muerte.

Al final terminó malamente, no el sultán, el amigo de Joselón ¿sabes quien te digo?

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