Músculos

Desconfiamos de él desde su llegada. Joven, rubio, con barba y culipardo. Ocupó la plaza de profesor de ciencias dejada por otro maestro jubilado o trasladado.

No nos fiábamos. Ya desde el primer momento intentó acabar con la anarquía consuetudinaria y endémica del colegio. Años de directores abúlicos y más preocupados por medrar o por conseguir una plaza cerca de sus lugares de origen habían relajado la disciplina. El patio era un verdadero caos. Había castigos, más bien pocos; «el Inmortal»  se encargaba de mantener el cupo de zombies apoyados a la valla durante el tiempo de recreo, que con cara inexpresiva y mirada profunda observaban como el resto se divertía.

Con el último director, el que ocupaba el cargo a su llegada, el desbarajuste había crecido en proporción geométrica. Mediano agricultor, había días que iba al centro montado en el tractor. Más preocupado por los hielos, podas, lluvias, estercolados, sapos y vendimias que poner orden en los juegos de estos aprendices de virulos.

Se declaraba seguidor del Atlético de Madrid y socialista, entonces de Tierno. Como epítome de su ideología estaba empeñado en traernos la libertad a través del orden. Hasta que lo logró, por medio de una serie de normas relativas a la organización en la entrada al colegio y en los recreos.

Para pasar a clase, ya fuese por la mañana o por la tarde, había que estar al menos diez minutos antes de la hora y formar por cursos. Una vez hecho esto y con todos en silencio, cada grupo pasaba a su aula solo y sin escándalo.

En el patio hizo una distribución racional de las zonas de juego y estableció un calendario para el uso de la pista, antes sometido al capricho de los del último curso. Colocó una suerte de vigilantes o kapos encargados de acusar a sus compañeros que no siguiesen las normas impuestas, ante el profesor de guardia del recreo, figura también ideada por él. Estaba todo planificado y sin lugar para la improvisación. Los zombies de la valla seguían apoyados en la misma como aviso de hacía donde llevaba la anterior anarquía.

Introdujo la práctica del balonmano como deporte del centro con brillantes resultados. El amor a los colores rojiblancos no tuvo predicamento en el alumnado, salvo entre los poquísimos que los seguíamos anteriormente y más por tradición familiar. La ideología política de la que hacía gala y que le hizo con el tiempo ser concejal por el partido político que la representaba, por lo que se ha visto, tampoco caló mucho en los zagales de entonces, ya que al pasar a ser votantes cambiaron el signo del ayuntamiento, desplazándolo de las Casas Consistoriales.

Asumió con el tiempo el desgobierno intrínseco de esta tierra y aceptó que aquí la mayoría de las cosas funcionan solas siempre, levantando la mano en el orden y olvidando su stajanovismo recalcitrante.

Lo recuerdo en clase de ciencias de nuestro último curso explicando los músculos:

-  A ver ¿Quién sabe cómo se llama el músculo del cuello?

 

Ángel levantó la mano como movido por un resorte.

 

-  Yo lo sé, don Luís.

-  Dime.

- Espermatozoide.

httpv://www.youtube.com/watch?v=7T-QiqaNfk4

 

5 responses

  1. Pingback: Bitacoras.com
  2. En mi clase de 5º de E.G.B. también se instauró la figura del “vigilante”. La misión le fue encomendada a Fernando Yagüe Romero, a la sazón uno de los estudiantes más brillantes del curso y, probablemente, de todo el colegio. Se situaba estratégicamente en la última fila para tener una visión panorámica de la clase y apuntar las infracciones que cometíamos con más asiduidad de la deseable. Habían multas económicas para los infractores, hablar 2 pts, lanzar objetos 5 pts, etc. Con el dinero recaudado se hacía una merienda a final de curso para toda la clase. El día anterior a la merienda lo dediqué a ayunar completamente para que dicha merienda no me sorprendiera sin hambre, ya que la había sufragado en gran medida.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *


*