My way, o así

A lo largo de la vida me he encontrado con tipos que me han ofrecido la posibilidad de hacerme rico, sin ninguna duda, por medio de la venta de jabones, colonias y pastas dentífricas fabricadas por Keops,  Kefren y Micerinos, Ltd.  y siempre la he rechazado.

El primero fue el encargado de una gasolinera de una ciudad manchega que compró la multinacional petrolera para la que servidor trabajaba. Me encomendaron la tarea del traspaso del surtidor por lo que tuve que pasar varias semanas allí. Estábamos todo el día juntos, incluso comíamos en colleras en un restaurante que tenía el poste, y claro, el roce hace la confianza. Era un tipo alto, con bigote y lengua suelta, empeñado en que servidor apareciese en la revista Forbes más pronto que tarde, para lo cual tenía que formar parte de su red de vendedores de morralla cosmética. Dependiendo de lo que tardase en crear la mía vendrían antes o después los abundantes ingresos. Para pertenecer al  gotha del champú piramidal era condición previa realizar un pedido, ya estipulado, valorado en un oeuf y la yema del otro. También me relató que acabó de gasolinero al dejar embarazada a la novia y tener que casarse o morir a manos del suegro, ambos estaban estudiando magisterio.

—Lo tenía todo previsto, los dos colocados de maestrejos y a vivir que son dos días —relataba— pero claro, la carne es débil y se torció el carro.

El siguiente fue un cliente de la gasolinera, casado con la hija de un camionero que le decían «Manos Largas» pues no le cabían en los bolsillos. Tenía una granja de conejos y cada vez que iba a repostar me espetaba:

—¿Quieres ser rico?

—¿Yo? —le respondía— Que va, quiero seguir levantándome a las cinco de la mañana.

Y entonces me contaba las maravillas de la venta piramidal y de cómo él, conocía ciudades como Barcelona, que de otra forma nunca hubiese visto. Y que los billetes de diez mil los tenía a tiro de pedido. Sería firmarle el formulario y entrar en su rede, y este que os escribe sería el nuevo rey Midas.

Nunca firmé el pedido pero el tipo seguía inquebrantable con la misma canción. Debía disimular bastante bien la riqueza conseguida, pues cada día tenía peor pelaje.

El tercero fue un mal encarado representante de calzado que entre los millones de zapatos de un solo pie que llevaba en el maletero de un coche viejísimo, pero que mantenía dada su fiabilidad, portaba potes de mejunjes americanos, catálogos en papel cuché y prospectos del invento. Afirmaba que él tenía el mismo derecho a ser rico que (aquí nombraba a los banqueros más famosos de entonces) y que ese derecho era innato a la persona humana. La riqueza sólo con cumplimentar el pedidico. Lo recuerdo vendiéndoles el cielo a las recientes camareras eslavas de los bares del extrarradio.

En fin, que uno no es rico porque no quiso.

httpv://www.youtube.com/watch?v=BfVKCaEuU80&feature=related

7 responses

  1. Pingback: Bitacoras.com
  2. Buscarse la vida, la cultura del pelotazo y la ganancia fácil ha estado a la hora del dia.
    Parece que el tiempo de aquellos “yuppies” ya ha pasado, aunque siempre quedará algún listillo.
    Muy buen articulo, Francisco.

  3. Yo recuerdo a un paisano en la provincia de Toledo que tenía productos revolucionarios ya en los 80′. Por ejemplo, rociaba un secador de pelo con un líquido que tenia en un pulverizador normal y corriente y a renglón seguí, lo metía funcionando en un cubo de agua !!

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