Trazos

Molinos de oración como pensamiento recurrente (Oh mani padme hum) al conducir. Estos, las banderas u otros ingenios demuestran la facilidad budista, la optimización del proceso de hablar con el Cielo, denotan comodidad.

Me conmueve ver las carreteras de la provincia de Cuenca decoradas, parece, con remiendos de betún como grafías sin fin trazadas en el asfalto.

Cuenca como destino no solo de la jornada.

Los estorninos se empeñan en dar forma al enjambre del que forman parte. Los trazos siguen en el camino, ejercicios de Shodo en tierras de Fray Luis y del Marqués de Villena. Carretera viene de carro, frecuentemente olvidamos el origen de las palabras. Esta noche ha llovido, mañana hay barro.

A estos pueblos de Cuenca venía la gente a segar, en bicicleta o andando. Por cuadrillas. En «La Venganza», Bardem refleja la vida de los segadores ambulantes.

Segar.

A los segadores cuando no podían más les daban una rebanada de pan mojada en vino, alguna vez con azúcar también, para que se repusiesen y pudieran seguir dale que te pego.

Cuenca como destino, aunque sea a segar.

A la planta cortada se le llama mies, con ella se hacían manojos, gavillas que llevaban a la era. Ahora es un concepto temporal, no hace tanto un sitio necesario para obtener el grano, lugar de juegos y amores furtivos. Cuenca como destino, a pesar de que para mi recurrido abuelo fuese sinónimo de abandono y despoblamiento. O de muerte. Pueblos pequeños y sin nadie. Aldeas vacías y míseras donde se acudía en verano, alguna vez en autocar, a segar a tanto el almud.

No se si los camineros trazarán esas líneas así por capricho o si tendrá algún sentido práctico que no alcanzo a comprender, pero insisto, parecen líneas de un escrito sin fin, trazadas con pez sobre las estradas de Cuenca.

P. S.

«De segar de La Losilla.
Ya vienen los segadores
de segar de La Losilla,
descalzos y sin un chavo
e quebraos de las costillas.»

*

6 responses

  1. Pingback: Bitacoras.com
  2. La lectura de este post me ha dejado un regusto a verano, a dolor de espalda, a sol de agosto. Me ha llevado a la infancia, no la mía, sino la de mis padres, sentados a la sombra de una encina mientras mis abuelos segaban. Y luego, la remolacha, las patatas, el lúpulo. Veranos leoneses y zamoranos, que trazaron el camino a su juventud, a su madurez… para encontrarse en las Asturias y abandonar los pueblos en pos de tiempos mejores.
    No es Cuenca, pero la historia se repite.

  3. Cada semana atravieso Cuenca en mi camino de Albacete a Madrid. Cada semana me sorprenden sus montes ondulados. Cada semana, a la vuelta, sumo matrículas y me recuerdo: “-Un día de estos subiré a esa loma”
    Un saludo.

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