Trujilladas (parte uno)

Dediquemos esta entrada (y la por venir) a don Germán H del Puerto aka @SrPichon

A pesar de la cercanía conocí Extremadura ya grande y cargado de prejuicios y estereotipos. Me sorprendió gratamente; entré por la Siberia. La Serena inmensa, las Vegas fecundas, la Tierra de Barros con jardines por viñas, Miajadas afanosa y productiva. Era verano y el verde y el agua predominaban por encima de todo. Pantanos como mares, acequias como ríos, ríos como brazos de mar; arrozales, viñedos, olivares, dehesas, huertas interminables, cargamentos de tomates y cebollas y, sobre todo, la sensación de confortabilidad que inspiraba el paisaje: en aquella nutricia tierra nada malo podía pasar.

En una de mis infinitas piruetas vitales trabajaba como comercial de una empresa extranjera, fabricante de neumáticos y debía visitar y recorrer la región. Acabadas las visitas en Miajadas tocaba ir a Trujillo. Destacaba a lo lejos como una mole sobre la extrañamente seca planicie, o así lo recuerdo, desde la distancia parecía agreste; el castillo parduzco y seco y la vegetación agostada y ocre contribuían a aumentar la sensación de calor. Tenía que visitar un taller de ruedas en el casco urbano, creo que el pavimento estaba adoquinado, aunque a lo mejor lo confundo, pues los recuerdos de aquella época se diluyen como el hielo de los whiskies que tan hábilmente trasegaba por entonces.

Di con el servicio, un garaje abanderado por un famoso y orondo fabricante francés de pneus. Me llamó la atención la nula actividad automovilística en derredor del taller, pero no le di más importancia. Entré en una nave diáfana y sentí la misma sensación de decadencia que Larsen al contemplar por primera vez astillero. Maquinas perfectamente alineadas en las paredes, inactivas y cubiertas de polvo y telarañas, los cristales de las ventanas sucios sin dejar pasar apenas luz, herramientas tiradas y a medio enterrar en el polvo del suelo. Las cubiertas abandonadas a su suerte sin ningún orden. De haber estado en Santa María o Macondo el corrido hubiera estado cubierto de hiedras y jacintos.

Tras recorrer la nave y acabar con los zapatos blancos, en el otro extremo había un banco de trabajo con una luz cenital bajo la cual trabajaba afanosamente un hombre con mono y el torso muy doblado hacía adelante. Emití algún sonido para avisar de mi presencia, el ocupado señor se levantó del taburete. Nos presentamos con un apretón de manos, el tipo no levantaba la vista del suelo. Tenía el uniforme ornado con lamparones, medallas conseguidas en viejas batallas. Tras explicarle el objeto de mi vista, me informó que había abandonado el negocio de los neumáticos, como se podía apreciar.

—Desde que los hermanos XYZ, de Cáceres reventaron el mercado con sus precios, no monto una rueda.

Sobre el banco de trabajo había rollos de alambre, alicates, cortadores y varios útiles para trabajar el hilo metálico. También muchas jaulas pequeñas, de las que se usan para guardar grillos y de esas ojivales para aprisionar perdices y codornices.

—Me he reconvertido, —afirmo mirando al suelo— la jaulas se venden bien y me permiten ir tirando. —dijo para convencerse.

Volvió al banco y se puso a tejer alambre con maña, muy rápido y con escasos movimientos, al instante tenía una prisión para grillos construida con hilo de cobre. Estuve un rato observando y cuando la melancolía, el abandono y la decepción me embargaron, me despedí del maestro y regresé sobre mis pasos marcados en el polvo. Fuera lucía el sol de julio, dí fuertes pisotones para que el polvo se despegase de los zapatos, varias veces. Me sacudí a manotazos el desaliento del traje y me monte en el coche. Abandoné el pueblo por la calle de adoquines.

Estoy seguro de que era Trujillo, pero como digo, los recuerdos de aquella época van y vienen.

P.S.

Sinfonía número 3 de Gorecki  (gracias a @viajando66)

httpv://www.youtube.com/watch?v=miLV0o4AhE4

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