Y una de arena

La arena viene a ser átomos de roca trizados por el viento y el agua a golpe de milenios; se meten por cualquier rendija. Un solo y evangélico grano es capaz de parar el engranaje que mueve el mundo. O tal vez sea el grano de mostaza el evangélico, no estoy seguro. Pero la modesta molécula siempre ha sido muy recurrida como paradigma del poder de lo minúsculo. Ahora que lo pienso, quizás el adjetivo que mejor defina al perdigón de sílice sea brechtiano: lo mínimo, unido, venciendo a la tiranía de las ruedas dentadas.

La ocre arena, necesaria para levantar casas, ha sido uno de los mejores juguetes que hemos tenido los niños, gatos y perros de mi época. Cuando en el barrio descargaban un camión de arena para cualquier obra, era un día de gozo. Durante el tiempo que durase la faena tendríamos el mejor lugar de juegos posible. Cómo toma de contacto con nuestro particular otero, hacíamos cuevas. En plena faena de excavación aparecía algún coprolito felino, que nos hacía sentir como los futuros descubridores de Lucy. Tras haber minado la cota con inexpugnables túneles, marcábamos  la conquista de la misma por nuestra cuadrilla mediante esporádicas micciones.

He de advertir que esos juegos y jolgorios los realizábamos una vez acabada la jornada de los probos albañiles, generalmente  mañosos repartiendo galletas.

A lo mejor es una leyenda rural, pero se cuenta que a los hijos del secretario general de un partido, que es de por aquí, los reyes les trajeron un camión de arena. Apareció la mañana del seis de enero, descargada en el patio. También dicen que a los zagales les puso nombre de árboles. Pero ya digo, a lo peor es solo un cuento.

Tras los agujeros, el esparcimiento que más predicamento tenía era «afuera de mi castillo». Consistía en que, pies mediante, se formaban dos equipos. Una vez constituidos y con un imparcial sorteo del tipo «plon, tres perrillas de picón…» se determinaba quien se colocaba sobre el cerro de arena; el otro grupo se quedaba abajo. Una vez definidos los roles, el juego consistía en la conquista de la posición por parte de los de abajo y una numantina defensa del sitio por los de arriba. Los atacantes subían por el montón y los defensores les empujaban en el pecho al grito de «¡¡Afuera de mi castillo!!». No recuerdo quien ganaba.

En uno de mis primeros recuerdos y en uno de aquellos empujones, fui a caer sobre un montón de ladrillos, de cabeza. Noté un sabor salado en la boca y un dolor terrible en la barbilla. Me la había roto. En la casa de socorro me clavaron unas grapas y me forraron la barba con una venda.

Dimos la de cal, ahora la de arena.

httpv://www.youtube.com/watch?v=EtEvq1epJfw&feature=related

5 responses

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  2. ¡Es cierto! Que gozada y que de broncas de los albañiles y de las madres, porque llenábamos la casa de arenas delatoras.

    Cómo han cambiado las cosas, ahora en las obras (las que quedan, claro) ya no hay niños sino señores jubilados mirando…

  3. Que tiempos traes a nuestra memoria…cuando con lo mas mínimo inventábamos juegos y con cualquier motivo eramos participes de un sano crecimiento.Gracias por este encantador relato de vivencias compartidas

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